Esto del vino azul no es exactamente vino, ni exactamente azul, ni exactamente nada. Es un invento marciano servido en copa de balón, como si la enología necesitara luces de neón para gustar. Y sin embargo… aquí estamos: hablando de él, mirándolo con la ceja arqueada, y preguntándonos si en la boda de Leia y Han Solo sirvieron esto de aperitivo.
Porque el vino azul, amigos, no es el leitmotiv de nuestra existencia vinícola. Pero tampoco es el enemigo. Es como ese primo moderno que viene a la cena de Navidad con pantalón fucsia y dice “traigo un vino que os va a flipar”. Y tú le dejas sentarse. No por el vino, sino por las risas.
¿Pero qué demonios lleva esto?
Técnicamente, es vino blanco con antocianinas y E133. Si el nombre les suena a droga sintética de Blade Runner, tranquilos: es solo un colorante. Algo así como si el vino hubiera salido de un episodio de Black Mirror.
Sabe a vino, huele a vino, pero parece un experimento salido de una noche loca entre un Chardonnay y un unicornio. Hay quien lo sirve con hielo, hay quien lo mezcla con tónica. Hay quien lo bebe sin preguntarse por qué.
Y eso, aunque no lo compartamos, tiene algo de pureza.
La galaxia de las modas líquidas
Porque no nos engañemos: el vino azul no quiere conquistar Borgoña. No quiere medallas en Bruselas. Quiere likes. Quiere stories. Quiere ser el Baby Yoda del lineal de bebidas. Y en eso, gana. ¿Es frívolo? Sí. ¿Es divertido? También. ¿Es necesario? Como los patinetes eléctricos.
No es para el que busca crianza ni profundidad, sino para quien quiere que su copa combine con sus uñas. Y eso, aunque duela en el alma del sumiller clásico, es también una forma de libertad.
¿Lo bebería Shakespeare?
Probablemente no. Pero lo describiría con ironía. Lo haría beber a un personaje frívolo, sí, pero también magnético. Un Romeo influencer. Una Julieta que hace Reels. Porque el vino azul no es bueno ni malo: es argumento. Es guion. Es tendencia. Es una copa que, si te pilla con el pie torcido y calor en la cabeza, hasta refresca.
Y nosotros, ¿qué hacemos?
Nosotros lo miramos. Lo entendemos. Y luego volvemos a nuestro tinto con cuerpo, a nuestro jerez con historia, a nuestra copa que no necesita filtros. Porque el vino azul no es nuestra religión, pero tampoco nuestra cruzada. Está ahí, entre el sarcasmo y la sonrisa.
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