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Hey! Julio ya está aquí

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Julio no es un mes. Julio es una manera de estar en el mundo. Sudar con estilo, brindar con intención, besar con historia. Julio Iglesias, el hombre, el mito, se ha convertido en el gurú involuntario de este mes abrasador. No por lo que dice, sino por cómo lo vive: con vino caro, camisa abierta y una serenidad que no entiende de grados centígrados.

Todo empezó con una copa. Una de esas que cambian tu vida. A principios de los años 70, en una comida con Roman Polanski, alguien le sirvió un Château Lafite de 1951. Lo probó y, según cuenta, lo sintió “hasta los pies”. A partir de ahí, todo fue vino, boleros y pasaportes. Ese mismo año, o quizá el siguiente, porque Julio se mueve con el tiempo como con las mujeres: a su ritmo, ya estaba cantando Gwendolyne y empezando a coleccionar botellas como quien colecciona suspiros.

Desde entonces, no ha parado. Ha llenado estadios, y bodegas. Ha cantado en catorce idiomas y ha brindado en tres continentes en un solo mes. Tiene (o ha tenido) bodegas en España, en Florida, en República Dominicana. Dice, y no le tiembla la voz, que ha llegado a gastar más de un millón de dólares al año en vino.

Sus vinos favoritos cambian según el momento. Un día te habla de Pétrus, como si fuera una ex con la que aún guarda cariño. Otro, te susurra “Vega Sicilia”, y tú ya estás buscando vuelos a Valladolid. Tiene amor por los clásicos franceses: Latour, Margaux, Le Pin, pero también por los vinos de casa. Pingus, Dominio de Calogía, … Si lo ha probado, lo ha amado. Y si no, seguro que le gustaría.

La leyenda cuenta, y la foto lo prueba, que en su jet privado ha bebido Château Lafite con un bucket de KFC. Eso no es lujo, es narrativa gastronómica. Abanico en una mano, pollo crujiente en la otra, y una mirada que dice: “Esto es lo que hay. Y lo estoy disfrutando”.

Su círculo ha sido tan variado como sus etiquetas. Frank Sinatra, su amigo, brindó con él más de una vez. Se admiraban mutuamente. Sinatra era swing y bourbon. Julio, bolero y Pomerol. Se entendían. También compartió escenario y copa con Willie Nelson, con quien grabó To All the Girls I’ve Loved Before, un himno global al amor romántico y desordenado.

Su familia tampoco se queda atrás. Enrique, el hijo pop global, quizá no tenga la misma bodega, pero ha heredado el carisma líquido. Julio Jr. posa con vino como quien ha nacido en Saint-Émilion. Y Chábeli, elegante y discreta, probablemente prefiera blancos gallegos y conversaciones sin micrófonos. Isabel Preysler, ex y leyenda por derecho propio, es otra historia: si hay una copa con burbujas y apellido francés, seguro que la tiene en la mano.

Mientras tanto, tú aquí. Sudando en tu calle sin sombra. Buscando hielo en el súper, y sin manual de instrucciones. Por suerte, Julio Iglesias existe.

Sus canciones no se escuchan. Se sirven. Me olvidé de vivir con un Pomerol y un poco de arrepentimiento. La carretera con Ribera y nostalgia al volante. Begin the Beguine con cava, luces tenues y alguien que no necesita explicación. Julio no canta. Julio brinda con voz.

Y ahora que el mundo se derrite, quizá lo más sensato sea hacer lo que haría Julio Iglesias: ponerse algo de lino, elegir un vino con historia, y bailar lento con quien se deje.
O con uno mismo, si hace falta.

Porque sí, puede que Julio Iglesias tenga razón.
Y si no la tiene… ¿quién se atreve a contradecirlo con esta elegancia?

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