El vino lleva años preguntándose cómo seducir a los nuevos consumidores. Mientras tanto, los refrescos y los hard seltzers no preguntan: ocupan neveras, festivales y stories de Instagram. ¿La diferencia? Ellos hablan el idioma de la ocasión y el formato. El vino, todavía, el del tratado solemne.
Comparar a Coca-Cola con un vino de reserva puede sonar herejía. Pero en comunicación, como en el amor, quien no arriesga se queda solo en la estantería.
Formatos: de la tesis doctoral a la mini que enamora
Las latas de 250 ml de refrescos son el Tinder del consumo: rápidas, cómodas, irresistibles. Caben en el bolso, controlan calorías, se abren en un gesto. El vino, en cambio, insiste en su 750 ml como si todas las ocasiones fueran una cena de Nochebuena.
Lo que proponemos desde WISP es sencillo: mini botellas, latas estilizadas y bag-in-box que no parezcan garrafa sino gadget de festival. Un vino que se pueda pedir en el cine, llevar a un picnic o sacar de la nevera del coworking.
Diseño: de heraldos góticos a tipografías TikTok-friendly
Fanta y Mirinda (sí se vende y mucho, fuera de España) rediseñaron su identidad pensando en el móvil. Tipografías gigantes, color-block, logos que bailan en stories. Su lógica es aplastante: si no se lee a 320 píxeles, no existe.
El vino sigue apostando por escudos heráldicos y tipografías que ni Google Lens descifra. ¿El resultado? Desconexión con un consumidor que vive con el móvil en la mano. Lo que funciona es claridad visual, storytelling pop y experiencias digitales sin complicaciones. 19 Crimes lo demostró: una etiqueta que “habla” vale más que algunos concursos.
Personalización: del “Share a Coke” al “Share a Toast”
Coca-Cola logró que medio planeta buscara su nombre en una lata. Después llegó K-Wave para fans del K-pop, y cada drop era trending topic. ¿Por qué no puede el vino jugar con la misma chispa?
Imagina una edición limitada de rosado que diga “Share a Toast · Valencia Edition” o un espumoso cápsula para el festival de tu ciudad. Personalización adulta, sin infantilizar, pero con el mismo magnetismo cultural.
El QR: de obligación legal a playground
El QR en el vino es ya obligatorio para ingredientes y calorías. El error es tratarlo como un apéndice. El refresco, en cambio, lo convierte en puerta a mundos: playlists, experiencias, realidad aumentada.
¿Por qué no un QR que te regale una cata en 30 segundos, una playlist de afterwork o un filtro que anime la etiqueta? Lo legal puede ser sexy si se convierte en experiencia.
El frío como código
Los refrescos dominan las neveras: gasolineras, food halls, máquinas de vending. El vino apenas asoma, y cuando lo hace, está templado. Y lo templado no enamora.
La clave es clara: espumosos accesibles, frizzantes 5.5, spritz de vino en lata. Mensaje frontal: “Servir muy frío”. Coca-Cola lo grita, el vino lo susurra. Y en marketing, gana quien grita primero.
Regulación y ética: la seriedad también vende
Europa marca reglas: “alcohol-free” hasta 0,5% y “0,0%” hasta 0,05%. Transparencia total. Y aquí no hay debate: el vino debe abrazar la regulación y comunicarla con estilo. Nada de disfraces infantiles ni promesas ambiguas.
La estética adulta no es un freno, es la oportunidad de demostrar que el vino puede ser moderno y responsable.
Lo que sí y lo que no
- Sí: espumosos fríos, rosados ligeros, spritz en lata, ediciones limitadas, drops culturales, experiencias digitales.
- No: reservas premium en plástico transparente, heraldos ilegibles, inmovilismo de 750 ml.
Veredicto
El vino no necesita convertirse en refresco. Necesita copiarle los trucos de seducción: portabilidad, diseño mobile-first, drops limitados, interacción digital y presencia en frío.
En un festival, frente a la nevera, la elección hoy es obvia: una lata brillante de seltzer o una botella solemne que parece tesis doctoral. Nuestro reto es que la próxima vez que esa nevera se abra, junto a la Coca-Cola y la Fanta, también guiñe un vino.





