El Intenso es un personaje universal. Habla con tono solemne y argumentos de saldo. Mira alrededor como quien está a punto de salvar la civilización occidental con una cita de Nietzsche, pero lo único que consigue es arruinar la cena.
El Intenso no dialoga, dicta. No opina, pontifica. Cada frase suya suena a decreto ministerial, cada pausa es un “¿entiendes?” lanzado como piedra a los oídos de todos. El problema es que nadie entiende, porque no hay nada que entender: solo palabras hinchadas de aire, como globos de feria en verbena triste.
En el vino despliega su teatro mayor. Te explica la mineralidad como si descifrara el Apocalipsis. Agita la copa con solemnidad de obispo y describe un albariño con tanta retórica que parece estar hablándote del Quijote. El Apóstol del terroir convierte un trago en epopeya, un sorbo en simposio, un simple vino en tratado filosófico. Y tú lo único que quieres es beber.
Fuera de la copa no mejora. Hablas de Succession y él ya conocía al primo Greg en una fiesta privada. Mencionas ramen y lo probó en Japón servido por un monje zen que, de paso, le recitó haikus inéditos. El Oráculo de bar nunca llega tarde: siempre estuvo antes, siempre lo supo primero, siempre lo vivió más intensamente que tú.
El drama real está en su fragilidad. Cada discurso es un disfraz, cada exceso de palabras un miedo al silencio. El Intenso no enseña, implora. No ilumina, mendiga atención. Cada vez que dice “¿comprendes?” lo que pide, en realidad, es un poco de cariño.
¿Cómo sobrevivirlo? Con vino, claro. Un Dominio de Calogía Cuveee S para que se entretenga buscándole capas. Una Manzanilla Sacristía AB, fresca y salina, para limpiar su discurso. Un Pedro Ximénez La Cañada, dulce y denso, para anestesiar el monólogo final. El vino, al menos, no miente: habla menos, dice más.
El Profeta de sobremesa, el Sócrates de gasolinera, el Catedrático sin cátedra… da igual cómo lo llames, siempre está ahí, con su liturgia innecesaria. Y al final, por molestos que sean, también son necesarios. Nos recuerdan el lujo del silencio, la belleza de la ligereza, la gloria de una carcajada que dura menos que un sermón.
Brindemos por ellos, entonces. Que nunca falte un Intenso en la mesa, pero que nunca falte tampoco la botella que lo calle.