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A oscuras, crónica de un apagón

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A oscuras, crónica de un apagón

Alguna vez uno imagina que el mundo moderno es una fábula luminosa, un set de film donde todo funciona con un clic: luz, agua, Internet y, por supuesto, la cerveza helada. Pues bien, señoras y señores, el pasado 28 de abril la Península Ibérica descubrió que no somos más que actores de cartón piedra. Un apagón hizo que España, Portugal y el sur de Francia se quedaran sin la bendita “claridad” eléctrica.

El aperitivo se truncó cuando, en decenas de bares, se alzaron las cabezas hacia el techo, buscando un fluorescente que ya no existía. Aquellos locales que presumían de “siempre abierto” tuvieron que bajar la persiana más rápido que la prima de riesgo en 2012. Vi figuras desoladas sirviendo cañas tibias, porque allí donde no llega la oscuridad llega la ley de la entropía. La cerveza empieza a calentarse sin electricidad, y clientes que miraban sus vasos como si fueran reliquias sagradas.

Hubo quien, con heroísmo digno de epopeya griega, sacó del bolsillo la linterna del móvil (ese farolillo anestesiado). Y quienes, actuaron de cocineros improvisados para espantar el hambre, ya que tenían un camping gas en el trastero. Tortilla de patata a la luz tenue de una vela. ¡Un brindis a la España en vela!

Y entonces surgió el encanto de lo analógico. Las radios portátiles volvieron a ser objeto de deseo. Se formaron corrillos con ciudadanos agarrados a sus transistores como náufragos al tablón de la esperanza. Había quien soltaba un “¡quieto parao!” con tal vehemencia que uno creía estar en un capítulo de Twin Peaks, escuchando a Laura Palmer susurrar conspiraciones. Otros, de espíritu más cinematográfico, evocaban la épica de Blade Runner, preguntándose si Roy Batty andaría controlando la producción de velas en algún laboratorio secreto.

Mientras tanto, las tiendas de barrio se convirtieron en Black Friday de velas, linternas y papel higiénico. Estanterías vacías y estantes como calvarios de parafina. Ni un mechero quedaba. Algunos, no tuvimos más remedio que comprar “radio-despertadores” digitales o viejos radiocasetes. ¡El supremo gadget de los ochenta!, piezas de museo, exhibidas orgullosos en plena era 5G.

Quizás lo más impresionante de aquel corte general no fue el tintinear de las copas en penumbra, sino la urbanidad ejemplar. Nadie empujó; nadie gritó. Fue un festival de civismo. Los pulmones de la gran ciudad, por un instante, respiraban al unísono un aire limpio de ambición eléctrica.

Si el apagón hubiese sido un episodio de Stranger Things, seguro que habría salido un Demogorgon de la estación eléctrica. Si fuera de La Casa de Papel, los atracadores habrían robado un transformador y huido en Speedy Gonzales eléctrico. Pero no: fue más cercano al neorrealismo italiano, con planos en cámara lenta de abuelas iluminadas solo por la llama de una vela. 

La gastronomía, en todo esto, cobró un nuevo matiz. Aquellos tacos de atún que tenían su gloria en un sashimi fresco, ahora sabían a rocoto y supervivencia. La ensaladilla rusa, esa diva de la tapa española, triunfó en bandejas de hojalata. Fue el momento de los conservas en lata, de la empanada fría, de la mermelada como si fuera caviar. Los vecinos acabamos con todo lo que nos pudiesen ofrecer los bares, sin pensar en el mañana.

Al final, el blackout de abril nos recordó que el progreso es un huésped frágil. Se fue de vacaciones sin avisar y nos dejó en bata y pantuflas, jugueteando con un transistor como si fuera un iPhone primigenio. Pero, “somos la generación que aprendió a aplaudir el silencio y a adorar las sombras”. Y en esa penumbra, entre corrillos, tiendas cerradas y terrazas llenas, descubrimos que no hace falta enchufe para conectar con lo más genuino de este país: el humor, la solidaridad y ese puntito de risa amarga que nos salva de la amnesia tecnológica.

Así, mientras los operarios restablecían la corriente, vimos desfilar nuestra propia comedia humana. Velas que se apagaban, radios que finalmente se quedaban mudas, y bares abiertos, sin promesa de hielo eterno. Y nosotros, los espectadores de este sainete, levantamos la copa (cálida o no) y brindamos por lo imprevisible. Porque, amigos míos, hasta un apagón puede alumbrar nuestras mejores historias. Apagón

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