La primera vez que vi Annie Hall entendí que el cine también podía respirar verdad. Diane entraba en plano y el mundo se aflojaba medio centímetro. Sonreía, dudaba, decía “la-de-da”, y de pronto todo era posible: amar sin coraza, reír sin permiso, ser una misma.
Diane Keaton se fue el 11 de octubre de 2025, con 79 años, y medio planeta encendió una luz por ella. Su ciudad natal, Santa Ana, anunció homenajes, hasta iluminar el water tower, y un adiós con nombre propio.
Una copa (con hielo) y cero solemnidad
A Diane le gustaba el vino sin teatro. Con hielo. Lo dijo mil veces y lo convirtió en gesto. En 2015 lanzó The Keaton, “vino sin pretensiones”, con tapón de rosca, pensado para abrir y brindar, no para recitar etiquetas. “I insisted on the twist-off cap… Don’t forget the ice.”
En su célebre Cuestionario de Proust ya había dejado la pista: “mi idea de felicidad perfecta: una copa de tinto con hielo.”
“You don’t own me”: el himno en blanco
Si hay una escena que explica su espíritu es el final de El Club de las primeras esposas (1996). Diane, Bette Midler y Goldie Hawn cantan “You Don’t Own Me”. No es afinación; es libertad. Tres mujeres, de blanco, riéndose del dolor y del tiempo. Ese momento volvió a viralizarse con su muerte porque sigue siendo un himno.
Años después, en Poms (2019), volvió a bailar contra la gravedad, como si la vida entera fuese un ensayo general para la alegría. (Y sí: en 2024 todavía estaba en cartel con Summer Camp).
Amores (y complicidades)
Woody Allen la amó primero en el escenario y luego en cámara. Tras su muerte le dedicó un ensayo que duele y consuela: “cuando nos conocimos pensé que era tan mágica que cuestioné mi cordura.” También confesó que escribía pensando en lo que dijera Diane, más que en la crítica.
Con Al Pacino vivió un amor intermitente nacido en El Padrino: una historia larga, intensa, que él ha recordado con arrepentimiento por no haber llegado al “sí, quiero”. (Cronologías y piezas recientes repasan esa relación on-off de años).
Y estuvo Warren Beatty, compañero dentro y fuera de Reds. Una década que mezcló rodajes, titulares y dos volcánicos perfeccionistas tratando de encajar. (Ella misma lo cuenta en varias entrevistas).
Las que hablaron por ella (y con ella)
Nancy Meyers, su gran directora de la madurez, fue de las primeras en rendirle homenaje público. Medios como ABC recopilaron esos tributos coralmente (junto a compañeros como Goldie Hawn).
Vanity Fair publicó una frase, que realmente, le hace justicia: “un género en sí misma”, capaz de convertir la excentricidad en elegancia y la vulnerabilidad en fuerza.
Y hasta Clint Eastwood desempolvó foto y memoria. Harvard, 1991, ambos distinguidos por Hasty Pudding; un cruce de dos mitos que se miran con respeto.
En su círculo íntimo, amigas de los sábado de cine como Lynda Resnick la describen tal cual la veíamos: blanco y negro por fuera, calidez por dentro.
Madre a conciencia
Diane eligió la maternidad en sus cincuenta: Dexter y Duke llegaron por adopción. Ella misma decía que la cambió por completo. Hoy, sus hijos son el hilo más firme de este legado.
Cine que no caduca (filmografía esencial)
- The Godfather I, II, III (1972/1974/1990) – Kay Adams, la conciencia en la tragedia.
- Annie Hall (1977) – Oscar a Mejor Actriz y un estilo que aún se imita.
- Manhattan (1979) – ironía y melancolía en blanco y negro.
- Reds (1981) – nominación al Oscar, duelo de miradas con Beatty.
- Marvin’s Room (1996) – otra nominación, ternura sin edulcorante.
- The First Wives Club (1996) – “You Don’t Own Me”. Punto.
- Something’s Gotta Give (2003) – romance adulto con Nicholson, lágrima y carcajada a la vez.
- Book Club (2018) y Book Club 2 (2023) – amistad, deseo y lectura compartida.
- Poms (2019) – bailar también es una forma de vivir.
- Summer Camp (2024) – su última cinta estrenada.
Estilo Keaton: la revolución del “soy así”
Chalecos, corbatas, sombreros, pantalones amplios. Llevó su ropa al set de Annie Hall y cambió la moda sin proponérselo. Décadas después seguía siendo icono de campañas que celebraban lo atemporal.
Quizá por eso duele y consuela a la vez releerla, oírla, verla. Keaton fue humor sin crueldad, amor sin pose y elegancia sin maquillaje.
Brindemos por Diane como a ella le gustaba: vino, hielo y buena conversación. Porque nadie la poseyó nunca. Ni la industria, ni el tiempo, ni el miedo. Y porque, incluso hoy, se sigue oyendo su “la-de-da” al fondo.







