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Copas que cuentan historias, reacomendaciones para cada vino

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Las copas no son simples vasos de cristal. Son pequeñas esculturas que cambian el sabor del vino, como un marco transforma un cuadro. Cada forma, desde la ancha Pompadour hasta la elegante Borgoña, tiene su función y su relato, y a veces sus usos son tan inesperados como un bodegón con un móvil en una esquina.

La Pompadour, esa copa baja y ancha, parece sacada de un lienzo de Boucher, con su mito de haber copiado las formas de Madame de Pompadour —amante de Luis XV, aunque los historiadores lo discutan—. En el siglo XVIII reinaba en banquetes donde el champán se servía más como espectáculo que como vino. Hoy, más que burbujas, suele sostener  mousses de fruta, como si su vida hubiera pasado de Versalles a las sobremesas creativas de verano.

En la misma mesa, las flautas de champán desfilan como esculturas de Calder. Altas, delgadas y llenas de burbujas ascendiendo en línea recta. Quedan perfectas en fotos y mantienen vivas las burbujas. Aunque si uno quiere descubrir los aromas de un gran champán, la cosa cambia. Riedel y Spiegelau coinciden: una copa amplia de vino blanco —como las diseñadas para Riesling— permite que el espumoso respire y muestre sus matices. La flauta sirve para el brindis y para el sorbete de limon – un clásico donde los haya-. Pero para entender un gran cuvée, mejor darle aire, como quien quita el cristal protector para ver bien un óleo.

Algo similar ocurre con los tintos. Las copas de Borgoña, redondas y generosas, parecen más obra de Bernini que de un vidriero. Están hechas para Pinot Noir y Nebbiolo, vinos delicados que necesitan espacio para desplegar sus aromas, como un poema que se lee en voz baja. En contraste, las copas para Riesling o Sauvignon Blanc son más sobrias: canalizan notas de flores y frutas sin que se pierdan, como un pasillo que guía al espectador hacia el cuadro principal. Y las de Chardonnay, anchas pero contenidas, están pensadas para blancos con cuerpo, esos que pasan por barrica y muestran notas de mantequilla o vainilla sin sofocar su frescura.

Pero no todo en la mesa necesita solemnidad. En Andalucía, el catavinos —la copita estrecha para jerez y manzanilla— es como una lupa de Zurbarán. Revela matices mientras acompaña almendras y mojama. Y en bares de barrio, lejos de bodegones y catas, el vaso de chato sigue siendo el héroe anónimo. Sin pie ni ceremonia, aguanta vermuts y caídas, con la misma dignidad con que un personaje de Goya aguanta la tertulia y el ruido.

Cada copa, como cada obra en una galería, tiene su momento. La Pompadour, que ahora sostiene postres; la flauta, que luce más de lo que deja oler; la Borgoña, que convierte un Pinot Noir en una experiencia aromática; las copas de Riesling y Chardonnay, que perfilan blancos frescos o estructurados; el catavinos, que convierte el tapeo en ritual; y el chato, que sobrevive donde ninguna otra resistiría. Son piezas de cristal, sí, pero también parte de un relato que mezcla historia, arte y vino. Y al final, lo importante no es solo qué bebemos, sino cómo lo servimos.

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