El calor llega de puntillas y te anula el cerebro. Un vino mediocre se convierte en chicle sin gracia. Entonces aparece la soja: un par de gotas y el milagro. Pero en las bodegas, la alquimia es otra: desde arcillas hasta proteínas vegetales, cada polvo afina y pule sin alardes. Aquí te explicamos sin rodeos cómo convierten tu copa en un aliado… o en una obra maestra.
Funciona según el chef Philippe Etchebest. Un par de gotas de ese elixir umami elevan el vino de tres euros al olimpo de los cinco, ¡wow!. Redondean los bordes ásperos de los taninos, reducen la sequedad criminal y dejan en la boca una cierta caricia sedosa. Eso sí, no te pases: tres gotas y la soja te pisa el viñedo. En un gran reserva, es herejía pura.
Pero la broma se vuelve oficio. En la penumbra de la bodega, se recurre a arcillas, proteínas y polvos mágicos para pulir el vino antes de embotellarlo. La bentonita, humilde arcilla mineral, arrastra impurezas sin parangón. El carbón activo despoja el vino de fantasmas cromáticos. Y las proteínas vegetales de guisante o soja hacen el trabajo de la gelatina, sin grito animal.
Atención: la gelatina, la clara de huevo, la caseína y el isinglass (esa cola de pescado) son fantasmas de la tradición. Funcionan, sí, pero gritan “no vegano” y lanzan sus alérgenos al viento. Los veganos y alérgicos, a la puerta.
Luego entran los sulfítricos, esos guardianes del vino. El anhídrido sulfuroso vigila los microbios con celo cristiano. El DMDC, discreto, asusta a las levaduras salvajes. La lisozima, hermana menor del huevo, modera la fermentación. Todos cumplen su misión, aunque algunos hacen pestañar a los asmáticos.
Un vino sin chispa es un beso sin promesa. Ácido tartárico para el brío, málico para el sabor frutal, láctico para suavizar, cítrico para el fogonazo fresco. Ya lo dijo alguien: la acidez es el latido del vino. Todo vegano. Todo seguro.
Para que no envejezca de más antes de tiempo, el ácido ascórbico, esa gracia de vitamina C, devora el oxígeno incordioso. Mantiene el color, el aroma y tu paciencia intacta.
Así que ya lo sabes: si te hartas del calor y tu cartera llora, sigue el consejo del kamikaze nipón. Un par de gotas de soja y tu vino barato se disfraza de fino embajador. Y si buscas refinamiento, invita a la bentonita, al PVPP o a la proteína vegetal, esos alquimistas que liman el exceso sin robar el alma.
Pero ojo: ni la soja en copa ni los polvos de bodega liberas de leer las etiquetas. Allí está el pacto: algunos aditivos son un sueño vegano; otros, un zoológico de alérgenos. Tu copa, tu elección. Y recuerda: siempre antes de la segunda copa, subraya tu sentencia literaria. El vino se disfruta, pero el estilo… ese, no tiene clarificante.