A Wimbledon no se va solo a ver tenis. Se va a mirar, a dejarse mirar y, sobre todo, a beber. Que sí, que la tradición dice fresas con nata, pero la copa la lleva Champagne Lanson desde hace más de 20 años. Y no hablamos de un espumoso cualquiera: Lanson es maison de las grandes, de las que saben que una final no se celebra con gaseosa.
Lanson nació en 1760, cuando aún faltaban años para que existiera el tenis tal y como lo conocemos. Fue en 1900 cuando obtuvo el codiciado Royal Warrant como proveedor oficial de la casa real británica, y en 1977 empezó su idilio con Wimbledon. Desde 2001, el All England Club lo tiene como champagne oficial. Vamos, más estable que muchas parejas.
Y no es postureo: se sirven más de 150.000 copas de Lanson durante el torneo cada año. Unas 20.000 botellas descorchadas entre partido y partido. Si eso no es amor, que baje la Reina y lo diga.
En la final masculina de este año, un fan tan emocionado como torpe soltó el tapón justo antes del saque de Jannik Sinner. El corcho voló hasta la pista como si fuera un globo-sonda. Sinner lo recogió, sonrió, pidió calma, y luego ganó el partido. Qué queréis que os diga: en otros deportes te tiran una botella, en Wimbledon te tiran la celebración directamente.
Burbujas para todos los gustos (y bolsillos con tarjeta black)
Este 2025, Lanson desplegó artillería fina:
- Le Black Création Brut NV: 113 € la botella. Lo justo para brindar cuando el tie-break se pone tenso. Fino, cítrico, con chispa de limón y pan tostado.
- Brut Millésimé 2013: 147 €. Aquí ya hay palabras mayores. Profundo, elegante, para ver la final como si fueras miembro del Parlamento.
- Le Création Rosé Wimbledon Edition: 68 € y una chaqueta de neopreno con el logo del torneo que parece diseñada por Serena Williams para ir a la piscina con estilo.
Sí, el rosé también estuvo en aeropuertos como Heathrow o Gatwick, en formato “Wimbledon Pouch Edition”, bien visible entre el duty-free y las botellas de whisky olvidadas.
Por si faltaba una nota surrealista, Iga Swiatek —que ganó Wimbledon este año y se fue a celebrarlo con Stella McCartney al dinner de campeones— soltó en rueda de prensa que su comida favorita del torneo eran… pasta con yogur y fresas. Que no lo confunda nadie: no eran fresas con nata, eran makaron z truskawkami, un clásico de la infancia en Polonia.
Internet ardió. Ella, impasible: “En Polonia tenemos mejores fresas”. En ese momento, millones de británicos sintieron que les acababan de romper la porra de fresas y devolverla sin tapa.
François Van Aal, presidente de la maison, habló de “elegancia, precisión y excelencia”. Y al ser preguntado por el corcho volador en pista, tiró de humor británico:
“Debería verse como una sonrisa hacia la elegante costumbre de beber Champagne Lanson en Wimbledon”.
Pero eso sí, añadió que debe “seguir siendo una excepción”. Vamos, que si vais a brindar, hacedlo con puntería.
El tenis en Londres es como el jazz: a ratos lento, a ratos salvaje, pero siempre con estilo. Y si algo lo representa mejor que el césped perfecto es ese burbujeo constante que viene del palco.
Champagne Lanson no es solo patrocinador. Es coautor del guion no escrito de cada partido. Porque ganar un set puede darte puntos. Pero brindar como un lord te da categoría.