El 15 de agosto se despliega como un abanico ardiente en España. Caliente, deslumbrante y sagrado. Festivo nacional, sí, día de la Asunción de la Virgen. Patronazgo que flota entre incienso y petardos, que huele a clavel y a sardina asada. Y que estrena la verbena más castiza con sabor a chiringuito.
En Madrid, donde no hay playa pero sobra pasión, la Verbena de la Paloma convierte Lavapiés y La Latina en un improvisado Paseo Marítimo interior. Allí, en barraquetas de madera y colores vivos, vuelan las cañas y las tortillas piden un tinto de verano. Y aunque no sirvan mariscos, el espíritu de El Cenachero ronda en cada callejuela con su brisa imaginaria.
Bajamos al sur y aterrizamos en Málaga, donde el sol se funde con la brisa del Mediterráneo. En el chiringuito El Cenachero, las sardinas susurran secretos de sal, y un fino de Sanlúcar refresca las mejillas sudorosas. A diez kilómetros, en Chiringuito Samba de Torremolinos, el DJ entremezcla bulerías y house con el escándalo de las olas. Y en Chiringuito Paco de Estepona, los espetos de sardina se alínean como soldados en desfiles de plata, invitando al corcho de un manzanilla frío.
Hacia Levante, la Malvarrosa nos recibe con su Chiringuito El Coso. Templo de arroces marineros donde la paella se perdona si va regada con un rosado en magnum. Allí, un viento cálido carga de brisa la copa y el corazón, y cada “¡viva el verano!” retumba entre sombrillas naranjas.
Cataluña no se queda atrás: en la Barceloneta, el legendario La Sardina respira sal y grafiti, donde el vermut rojo se acompaña de ensaladilla rusa al más puro estilo vintage. Y siguiendo en la zona, La Guingueta de la Barceloneta, despliega croquetas que crujen como un verso bien rimado, mientras el albariño desliza su frescor entre acordes de rumba catalana.
Las Islas Baleares prestan su encanto único en playas vírgenes. El Es Trenc Beach Bar exhuma palmeras y cojines blancos. También sirve un gazpacho con un soplo de mejorana que invita a sorber sorbetes de limón entre charlas de amigos. Allí, la sangría casera se bebe con el murmullo del oleaje, y el chiringuito se vuelve palacio flotante.
Incluso la costa atlántica se suma a la fiesta. En Galicia, el modesto Chiringuito Xouba de Carnota surge entre rocas y mejillones, con navajas a la brasa que cantan a celta, y un albariño crispado por la brisa marina. Y en Asturias, donde el mar se confunde con la montaña, no hay chiringuito que supere la magia de un local improvisado en la playa de Rodiles, donde el pulpo a feira desafía la marea y la sidra escancia historias.
Este año, la canícula bate récords. Julio rozó los 42 °C en Córdoba y superó los 40 °C en varias estaciones meteorológicas. Sin embargo, ni el bochorno detiene la fiesta. Porque España de agosto necesita una copa en la mano. Y la tecnología se cuela en cada verbena. Hashtags como #Paloma2025, #ChiringuitosEnLlamas y #AsunciónConCaña florecen en Stories, donde procesiones se retransmiten en directo con filtros de feria.
Al caer la noche, los fuegos artificiales estallan sobre ríos y playas. Luces imposibles llueven sobre la arena, como promesas de verano eterno. Y los DJ’s improvisados, desde el coche aparcado junto al chiringuito El Cenachero de Málaga hasta la carpa de Neptuno, mezclan flamenco fusión y electrónica suave.
La gastronomía, generosa y sin complejos, recita su propio banquete: paella, pinchitos de cerdo ibérico, croquetas “a lo grande”, queso manchego con membrillo, y la guinda final —buñuelos de viento— espolvoreados con azúcar, que se deslizan como nubes de gloria azucarada.
Y así, entre el crujir de las olas y el chisporroteo de las brasas, el 15 de agosto se convierte en un himno al placer: una letanía de voces, de vasos chocando, de pasos de sevillana y de pulsear de Instagram. Porque la única liturgia que importa es la del brindis colectivo, el rito que consagra el milagro de estar vivos. Y tal vez, en un chiringuito cualquiera, la Virgen asome la cabeza para brindarte con una copa de fino: “Salud”, susurra, “y larga vida al verano”.