Hoy el mundo se levanta sin sujetador, con ética prestada y con olor a queso fundido. Es el No Bra Day, el Día Mundial de la Ética, el de las Mujeres Rurales y otros muchos más. Un calendario que parece escrito por un filósofo con hambre. O por un algoritmo en plena crisis existencial.
En Oriente Medio, Israel y Hamás firman una tregua que parece el parpadeo de un semáforo en rojo. Veinte rehenes liberados, mil novecientos presos sueltos, y todos diciendo que ganaron.
Europa aplaude con los dedos cruzados mientras el Brent baja y el FMI prepara otro informe sobre lo bien que nos va… mal. La paz, como el pudín de caramelo, se sirve templada y nunca cuaja del todo.
Y mientras tanto, los arrecifes del planeta se derriten como el queso en una tostadora. Los científicos lo llaman tipping point, yo lo llamo punto de no retorno, versión fondue. Porque el coral se muere, pero la doble cheeseburger sigue viva. La ética, eso sí, ni se asoma.
En España, el cielo se abre en canal. La DANA se llama Alice, como una cantante pop que llegó para desafinar el otoño.Baleares flota, Valencia bucea, y el campo madruga igual, con barro hasta la rodilla.
También está el Día Internacional de las Mujeres Rurales, las verdaderas heroínas que no necesitan coaching ni hashtags para mantener en pie el país. Ellas plantan tomates mientras Bruselas discute los límites del cobre, las NGT y las perovskitas solares. El futuro viene con genoma editado, pero el gazpacho sigue teniendo madre.
En los laboratorios, un grupo de científicos anuncia que quizá logren revertir el daño nervioso en esclerosis múltiple. Un milagro microscópico que nadie entiende, pero todos celebran. Y en los despachos de IA, China y Estados Unidos compiten por ver quién enseña mejor al algoritmo a robar ideas sin parecer humano.
El único punto de ética real, ironías del calendario, es el pepino en vinagre. Sí, esta semana también es el Día del Pepinillo, ese filósofo ácido que siempre dice la verdad: si algo huele mal, es porque está podrido.
Mientras tanto, la Ética se queda fuera del G7 y del Congreso español, esperando en la barra del bar, al lado del tostado de queso. Una mano la moja en caramelo; otra, en política exterior.
Las catedrales, esas sí, siguen en pie, calladas y sabias. Son los únicos templos donde todavía hay coherencia arquitectónica. Esa semana se las celebra, y con razón: si los parlamentos se construyeran con arbotantes y paciencia gótica, otro gallo cantaría.
En el mundo del arte, Londres y París se enfrentan en su guerra civil de lienzos: Frieze vs. Art Basel. El mercado se desinfla, pero el ego sigue en alza.
En España, la Feria Estampa cierra con más selfies que ventas, y el Premio Princesa de Asturias ensaya su ceremonia como si la monarquía aún fuera un género literario. Afuera, llueve barro. Adentro, brilla el marketing.
Los economistas del FMI preparan mañana otro “We are cautiously optimistic”, ese mantra de los que ya cobraron. Mientras tanto, el Banco Mundial habla de un 2,3% global y cara de funeral.
Yo propongo medir la economía por el número de hamburguesas dobles con queso vendidas por semana: el nuevo PIB emocional. Porque si un país come Montecristos y pan de canela, aún confía en algo. Y eso, señora Lagarde, también es un indicador adelantado.
El maní, ese héroe de bar y estadio, celebra su día con modestia. Nadie lo invita a Davos, pero alimenta al planeta. Si las bolsas del mundo cotizaran en cacahuetes, habría menos especulación y más risas. El maní es el proletariado del menú, el que nunca falla, el que sostiene el snack cuando todo se derrumba.
El pudín de caramelo cierra la semana como un aplauso lento. Nos recuerda que aún hay dulzura posible, incluso cuando el clima se desintegra y los informativos parecen distopías patrocinadas.
En Gaza, los niños juegan bajo treguas de cinco días. En Madrid, llueve sobre terrazas sin toldo. Y en Nueva York, un pepinillo se hace viral. La globalización ya no es un concepto: es una receta absurda donde el azúcar y el vinagre se confunden.
Así que sí, hoy el mundo entero se quita el sujetador y se pone cómodo. Las mujeres rurales riegan el suelo que alimenta la historia. Las catedrales miran desde su piedra eterna y callan lo que nosotros no entendemos. La ética sigue de parranda, perdida entre sándwiches y informes del FMI. Y el planeta, agotado, brinda con un Montecristo en una mano y un pepinillo en la otra.
La conclusión es sencilla: no hay más geopolítica que la de la nevera. Si el queso se funde, si el maní no falta, si las mujeres del campo siguen levantando el mundo y alguien se atreve a vivir sin sujetador ni vergüenza, entonces, todavía, queda esperanza.





