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♦♦El Salón de los Vinos del Tiempo: vinos que se escuchan, añadas que cuentan historias

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El Salón de los Vinos del Tiempo es un lugar donde el vino no solo se cata: se escucha. Cada botella se convierte en un relato. Cada añada es una página de memoria líquida y cada mesa es una conversación abierta con el tiempo. Organizado por el Sindicato del Gusto, con la impecable dirección de Carmen Fuentes, este salón reúne a las bodegas que mejor entienden que la paciencia, la crianza honesta y el respeto por la viña son los ingredientes que permiten que un vino conserve el corazón eterno y la piel espléndida.

El recorrido comenzó con Abadía Retuerta 1997, que presentó dos almas distintas. Cuvée El Palomar 1997, cálido, redondo, sereno, un vino que parece haber encontrado su sitio en el mundo. Cuvée El Campanario 1997, tenso, vertical, inquieto, la prueba viva de que el tiempo moldea de forma diferente incluso a vinos nacidos bajo el mismo techo. A ellos se sumó Selección Especial 2002, un clásico profundo y elegante que confirma por qué esta casa es un referente en la nobleza de las añadas antiguas.

La emoción siguió con Alenza 1996 en magnum, un vino nacido como “crianza” pero que hoy es puro patrimonio sentimental. Vibrante, afinado, lleno de vida, demuestra que algunas añadas no envejecen: evolucionan. El Condado de Haza 1996 completó el diálogo, mostrando cómo una misma cosecha puede transformarse en dos historias radicalmente distintas según la tierra y la mano que las interpreta.

Los Gran Reserva de Marqués de Cáceres (1991, 1998 y 2004) ofrecieron una lección de clasicismo. El 91 fue noble y sabio; el 98, armónico y delicado; y el 2004, fresco y elegante, con años aún por delante. Cada uno es un recordatorio de que el tiempo, cuando se trabaja con respeto, pule y embellece.

La mesa de Marqués de Riscal fue un viaje emocional. El 1956 es de esos vinos que te reconcilian con el mundo. Un anciano que corre maratones, que respira vida y que demuestra que envejecer puede ser un acto de belleza absoluta. El 1996 y el 2004 mostraron la continuidad de una casa que sabe trabajar el tiempo con precisión y sobriedad. Los Barón de Chirel 1996 y 2001, el Viñas Centenarias 2015 y Finca Montico 2010 brillaron con luz propia, confirmando que Riscal es una de esas bodegas capaces de envejecer sin perder energía ni identidad.

En La Rioja Alta, S.A., los Viña Alberdi, Viña Arana y Viña Ardanza 2005 formaban una familia de vinos nacidos de la misma madre, pero con padres distintos. Variedades, crianzas y filosofías que generan personalidades únicas. Los 2005 destacaron por su acidez viva, su elegancia y su capacidad de sostener conversaciones largas y memorias profundas.

La línea histórica de Montecillo llegó con su Selección Especial 1982, 1985, 2005 y 2006. Cuatro vinos que explican cómo una bodega puede evolucionar sin perder su esencia. El 82 fue pura historia; el 85, más austero y profundo; los dosmil, equilibrados y expresivos, cada uno respondiendo a su tiempo con honestidad y templanza.

En la parte blanca, Ossian 2011, Ossian 2015 y Capitel 2014 rompieron prejuicios. Ossian mostró pureza, verticalidad y una tensión deliciosa. Capitel, directamente, se convirtió en un vino inolvidable: un blanco irrepetible que demuestra que el color no determina la capacidad de envejecer con belleza.

Jean Leon brilló con una trilogía maravillosa: Vinya La Scala Gran Reserva 1990, elegante y profundo; Vinya de Havre 2000, seductor y firme; y Vinya Gigi Chardonnay 2013, un blanco vivo, expresivo, capaz de conversar con los años con una naturalidad admirable.

La vertical de Ramón Bilbao, guiada por Tatiana, fue uno de los momentos más emotivos del salón. 1982, 1996, 2005 y el Reserva Centenario 2001 mostraron cómo una bodega puede mantener su esencia mientras deja que el tiempo haga su magia. Fue un viaje por décadas de sensibilidad, oficio y evolución.

En Castilla brillaron Mauro 2005 y San Román 2007. Dos vinos profundos y envolventes que llevan en su columna vertebral la elegancia del Duero. A ellos se sumaron Hacienda Monasterio Gran Reserva 2005 y Reserva Especial Montecastro. Vinos precisos, largos, llenos de matices, que hablan un idioma antiguo cargado de armonía.

Las burbujas llegaron con Recaredo Corpinnat 2004. Un espumoso que demostró que el tiempo también sabe jugar con la finura. Complejo, largo, envolvente. Nos recordó que la paciencia y el respeto son ingredientes esenciales en la verdadera calidad. Y Can Sala 2013 y 2015 confirmaron que hay espumosos que no conocen la palabra “fecha”. Frescura, elegancia y una atemporalidad maravillosa.

El tiempo se volvió tesoro en la mesa de Conde de los Andes.Los blancos 1983 y 2013, el Semidulce Colección Histórica 1994. El Tinto 2001 y Duermevela ofrecieron una demostración magistral de cómo se guarda el pasado sin perder la luz.

La Familia Torres aportó identidad con Waltraud 2012, Mas La Plana y Grans Muralles. Tres vinos que reivindican que la elegancia nace de la sensibilidad y el respeto profundo por la tierra.

Y, cerrando el círculo, los generosos VORS, los vinos eternos de Osborne y Valdespino, recordaron por qué son otro planeta. Profundos, salinos, densos, interminables, son vinos que no solo sobreviven: trascienden. Estarán buenos en nuestras vidas… y en las de quienes vengan después.

El Salón de los Vinos del Tiempo volvió a demostrar que el vino es como las personas: cuando nace de buena uva, educación firme y respeto absoluto por su origen, no envejece: florece. Hay vinos que mantienen su acidez mejor que Demi Moore su piel (y sin retoques), vinos que siguen hablando cuando otros ya callaron, vinos que conservan su gracia, su brillo y su capacidad de emocionar.

Muchos de ellos no volveremos a catarlos jamás. Son únicos, irrepetibles, botellas que ya no existen en el mercado. Por eso este salón no es un evento: es un privilegio. Un lugar donde comprender que el tiempo, cuando se trata con cariño, sabe mejor. Un salón al que siempre hay que volver porque te deja en la boca el sabor perfecto del tiempo bien vivido.

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