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Simplemente Ana

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Hay personas que llegan a tu vida y te la cambian para siempre. Ana Hernández fue de esas. De las que te miran y, de repente, todo el cansancio del día se te olvida, porque sus ojos azules, grandes y limpios, te recordaban que la vida hay que morderla, no masticarla.

La conocí en Vaca Nostra, donde ejercía de anfitriona con una energía contagiosa. Allí no solo daba la bienvenida, convertía cada llegada en un pequeño reencuentro. Después, en El Astorgano, fue la chispa de unas fiestas de cocido y Gramona que todavía se recuerdan con risas y nostalgia. Ana era así: donde iba, se quedaba un trocito de ella. Siempre inventando, siempre creando algo nuevo. Montó su agencia, y aunque los caminos eran cuesta arriba, nunca dejó de caminar.

Ana tenía esa rara capacidad de volverse a inventar cada vez que la vida le pedía una versión mejorada de sí misma. Y no fallaba nunca. Ni siquiera cuando el mundo parecía demasiado grande. Porque su fuerza, esa que arrastraba montañas, venía del amor por los suyos, de su niña –luz de sus ojos, y heredera de esa mirada que todo lo comprende– y de un hombre inmenso, primero de corazón y luego de estatura, con quien volvió a enamorarse y a creer en los cuentos que a veces, sí, se cumplen.

Verles juntos era reconciliarse con la esperanza, con la ilusión, con la libertad. Te hacían volver a creer en el amor, en los sueños, en las segundas y terceras oportunidades.

Pero, como en todos los relatos que importan, llegó el monstruo invisible de este siglo. Ana peleó. Con una dignidad y una entereza que solo tienen los valientes. Ganó mil batallas, sostuvo a su familia y amigos con la sonrisa de quien sabe que no hay otra forma de vivir que mirar de frente, aunque duela.

Y cuando ya era el momento, los ángeles la llamaron. Estoy segura de que le han dado dos alas blancas, pero de cuero, como esas cazadoras que tanto le iban. Porque Ana, motera del cielo y de la tierra, no podía tener unas alas convencionales.

Ahora estará allá arriba, cuidándo a todos como siempre hizo, saboreando los manjares y los néctares celestiales, porque si alguien sabe disfrutar del paraíso, esa es ella. Aquí, seguiremos brindando por ella. Por la amiga, la madre, la pareja, la mujer que no dejó de reinventarse nunca.

Descansa en paz, Ana. Aquí tu luz sigue viva. Y tu risa, y tus ganas. Nos veremos en algún after, allá donde los sueños no acaban.

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